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El hato
De negra pana. Chaqueta y pantalón labrados en decenas de surcos, tantos, como los escardados durante aquel tórrido estío.
Como un pincel apareció el día del Cristo. Y alargó toda la noche el jolgorio, animado por el ojo de gallo, hasta la salida del primer toro del alba.
Y debió sentir el morlaco envidia de tan brillante zaino.
Jamás hubo jornalero enterrado con tan elegante mortaja.
Herr Schwarz
El Führer escuchaba maravillado la vital sonoridad de la melodía fulminante, maravillosa y solemne de El Maestro Wagner en el Schauspielhaus. Pasajes de esta nobleza eran una de las pocas cosas que, en los últimos tiempos, le continuaban transmitiendo valor, animándole a no ceder a las presiones de capitulación.
La fuerza, los matices vocales, la inconfundible sensibilidad aria en la interpretación de este nuevo Tristán eran, sin lugar a dudas, más que remarcables.
Cuando, desde el Palco Imperial, se calzó los anteojos, su vista cansada se horrorizó al ver, más allá del proscenio, el cromatismo dérmico del joven tenor.







