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También se llamaba James
Veía asombrado el sutil balanceo de cuantas cabezas llegaban a su campo de visión.
Alarmado, fue a refrescarse al mingitorio, el de la coctelería en la que trabajaba desde hace veinte años.
El espejo le confirmó que sus futuros cócteles estarían, irremediablemente, agitados, que no mezclados.
El Coche de la sangre
Rojo brillante, casi líquido, sus monstruosas sirenas y bocinazos anunciaban la tragedia desde lontananza, cuando sus faros potentes se acercaban a ritmo de locomotora. Enorme, avanzaba ocupando los dos carriles. Más valía no interponerse en su camino, por lo que pudiera pasar. Si tenía conductor o no apenas importaba, pues se hablaba de él como si tuviera vida propia, malvada, ajena a la voluntad de cualquier ocupante.
Sus motivos, desconocidos, no importaban tanto como sus dramáticas consecuencias, nunca relatadas, magnificadas por la imaginación infantil.







