Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2010.
Mechas
Fue entrar por la puerta y encenderse. Denostar su iniciativa de camuflar sus primeros cabellos blancos.
Fue la última vez. Regresaría al salón de belleza, dispuesta a ser una madurita rubia de bote, soltera, harta ya de tanta combustión.
Braille
-Estás muy guapa…
-¿Y cómo lo sabes, si eres ciego?
-¿Y tú cómo sabes lo que he dicho, si eres sorda?
-Leo los labios.
-Yo también.
Transición
Esperaban que, un día, la tortilla diera la vuelta.
El resultado resultó ser un revuelto de ajetes y gambas.
O Paco
Ninguém sabia o que realmente pensava Francisco.
Pater
–No sabéis lo que es ser padre soltero ...– comentaba sentido a sus colegas en el jardín, entre trago y trago de cerveza.
Diez metros atrás, el pequeño saboreaba su manjar de arena húmeda y manzanas podridas.
Olma
Tiene un corazón tan grande… En su hueco, maternal, soplan los vientos de la infancia de los viejos. Débiles las ramas crecen, mas empeñadas en alcanzar un cielo arado o lavado, siempre ancho, de lechuzas y halcones, atardeceres prendidos, lunas de Viernes Santo.
Sólida en el tronco de penas retorcido, de amores, prohibidos o probables, tatuado. Terminal, derrumbada, misterio, de su atalaya rocosa contempla cansado devenir de mortales, vertiginoso vuelo de vencejos, lejanas montañas violetas donde vierte el cereal oceánico.
Dueño
Todos piensan que tengo gato.
En realidad, mi familia le pertenece.
Veinticuatro latas
Eruditos, turistas y curiosos admiran con gestos de asentimiento y admiración uno de los máximos exponentes del género impresionista, antes de apresurarse a la tienda a comprar pósters, calendarios, frigo-imanes, puzles y camisetas de la obra maestra.
Nadie ha remarcado a lo largo de todo el día que el reflejo del barco en el agua era el propio barco, que el cuadro había sido invertido minutos antes de la reapertura matinal.
Hans, vigilante nocturno, y el Sr. Vanderstraat ajustarán su apuesta pendiente esta misma noche.
Budapest

Llevó su gesto apagado al borde del puente Széchenyi, aquél que ya había presenciado el ocaso de innumerables desdichas.
Miró de reojo al castillo, y no se atrevió a hacerlo. Temía que el cuervo de hierro cazara al vuelo el anillo, hasta ese día, de compromiso.
Imposible
Paseando descalzo, se topó con un niño que, presuroso, iba y venía hacia y desde el mar para llenar y vaciar su cubo en un agujero excavado en la arena de la playa.
Las olas al romper componían la sinfonía de carcajadas incrédulas de un océano burlón.
No pudo evitar entristecerse, no por la inocente y paciente laboriosidad del chico, sino por las tantas y tontas veces que él también lo había intentado.







