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Liebre
20 metros.
Los dos focos de luz se hacían más y más grandes.
10 metros.
Se quedó obnubilada mirando.
5 metros.
El chirrido de un frenazo sería el escueto preludio sonoro...
0 metros.
...de un fugaz e intenso réquiem polifónico de percusión.
Las chicharras le hicieron los coros hasta que llegó el 2X4 de la ambulancia, ya demasiado tarde para que ella lo pudiera oír.
Pescado
Los domingos iba al lago.
Ese día casi nunca pisaba la oficina.
Webcam
Ese ojo frío, inquisidor, silencioso, ese ojo que le devoraba el alma y le hacía fundirse a la tarjeta gráfica, ese ojo que en algún otro lugar, tal vez a miles de kilómetros de distancia, puede que en el portal de enfrente, devenía una pantalla plana, pero henchida, curiosa, sedienta; una pantalla que le permitía ganarse un sobresueldo en las noches de los viernes.
Menú del día
Cuando recibió el caldo por enésima vez, el nudo volvió a apretarse.
Allí, no se aceptaban propinas.
35 grados
Exclusivamente en verano, cuando las montañas descansan de tanto torpe crampón, se le veía subiendo escaleras de la red de metro, cargado de una gran mochila.
Incansable al entreno, alzaba continuamente la vista. Siempre buscando la cima de esa subterránea cordillera.
Una cumbre repleta -como sabrán- de faldas muy cortas.
110 grados
Desde niño le habian acostumbrado porque, decían, activaba la circulación sanguínea. Ese sano hábito, casi un ritual, derivó en espectáculo. El combativo ruso no quiso volver a casa de nuevo derrotado por Jukka, mas túvose que conformar de nuevo con el subcampeonato, ante el estupor de los asistentes.
Su trofeo, una caja también de pino nórdico, ésta a temperatura ambiente.
El Tío Vivo
Traslación, rotación, precesión, nutación y bamboleo de Chandler no le eran suficientes. Se hizo trapecista porque no quería vivir atado al suelo como una tomatera. Cierto día debió madurar de golpe, cayendo como la famosa manzana de Newton. Entonces, sus fracturas y él decidieron cambiar todo para que nada cambiase y trocó circo por feria, y siguió saboreando asfalto, cada vez más aderezado con brebaje escocés.
Solía salir tambaleándose del bar del pueblo antes de volver a vender las entradas del carrusel.
Por la mañana, siempre nueva inquietud creciente y esos fríos temblores.
Los eminentes doctores Korsakoff y Wernicke, su amigo Johnny Walker, una señora azul con trompa, y quién sabe si el mismísimo Johannes Kepler, le esperaron aquel día en el tercer escalón de la caravana.
Explorador polar
Nunca habría podido olvidar aquel atardecer.







