Djem El Fnaa
El que pase por aquí, siéntese en el epicentro del Mundo,
en un microcosmos donde se mezcle el olor a comida, humanidad, especias y despojos,
en un punto entre Oriente y Occidente,
en un lugar entre el Sur y el Norte,
en un estado de ánimo entre el turista y el nativo,
o entre el explotador y el estafador,
en un sabor entre la delicia del zumo de dátil
y el malestar de la cagalera,
en una moral que oscile entre el velo y el tanga,
en un poder adquisitivo que abrace al mendigo y al ClubMed,
que englobe la torcida cerviz del limpiabotas y el barullo del cibercafé,
la gastronomía de postín con los escrúpulos sanitarios del tenderete.
Como un vendedor al que le compran dinero a cambio de especias o baratijas;
como un escuchante de historias que nada entiende;
como un futuro adivinado en la mirada que lee la mano ajena;
como una serpiente sin armamento que, con leves movimientos de su cabeza,
dirige los gestos de un flautista unimelódico;
como una multitud que quiere creer a un jactancioso coleccionista de muelas,
o a ese charlatán calvo, adalid de un crecepelo milagroso;
como un niño que vende pasteles, o servilletas, o lo que haga falta,
y regala sonrisas a cambio de un dirham.
Como si el mundo cupiera en una plaza...
en un microcosmos donde se mezcle el olor a comida, humanidad, especias y despojos,
en un punto entre Oriente y Occidente,
en un lugar entre el Sur y el Norte,
en un estado de ánimo entre el turista y el nativo,
o entre el explotador y el estafador,
en un sabor entre la delicia del zumo de dátil
y el malestar de la cagalera,
en una moral que oscile entre el velo y el tanga,
en un poder adquisitivo que abrace al mendigo y al ClubMed,
que englobe la torcida cerviz del limpiabotas y el barullo del cibercafé,
la gastronomía de postín con los escrúpulos sanitarios del tenderete.
Como un vendedor al que le compran dinero a cambio de especias o baratijas;
como un escuchante de historias que nada entiende;
como un futuro adivinado en la mirada que lee la mano ajena;
como una serpiente sin armamento que, con leves movimientos de su cabeza,
dirige los gestos de un flautista unimelódico;
como una multitud que quiere creer a un jactancioso coleccionista de muelas,
o a ese charlatán calvo, adalid de un crecepelo milagroso;
como un niño que vende pasteles, o servilletas, o lo que haga falta,
y regala sonrisas a cambio de un dirham.
Como si el mundo cupiera en una plaza...
29/04/2009 00:26 Retólicas del vallico ;?>
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Autor: Anónimo
Como si yo estaba leyendo el libro de Almudena Grandes. Muy bien!
A.
A.
Fecha: 29/04/2009 11:20.







