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Canícula
Sus más de setenta y cinco años de historia comenzaron un ardiente estío, durante un trayecto ferroviario.
Su biografía nunca había suscitado la curiosidad de hijos y nietos, ni siquiera la de los médicos.
-Sólo será un momento-, le dijeron mientras se dirigían al centro comercial en busca de artículos playeros.
En un coche, en un infernal aparcamiento, hubo de finalizar su viaje, también, un caluroso verano.
Héroes
Solía pensar que lo heroico era morir, dar la vida en combate contra el enemigo, luchando contra el poder o la montaña…
Luego comprendí que no hay mayor heroicidad que levantarse cada día tras el cacarear del despertador, ni mayor gesta que la batalla contra esa permanente abulia en cuarto creciente.
Crisis
Afronté la ascensión sin miedo ni entusiasmo, con una aclimatación adecuada, equipo óptimo, estado de forma envidiable, inmejorable compañía y calma noche estrellada.
Admiré su monumental belleza, pero ya no me sobrecogió como antaño. Sé que hubiera podido ascenderla, pero no lamenté dar media vuelta.
Ni se me pasó por la cabeza volver a intentarlo. Me dejó frío. Me vi absurdo, casi ridículo, no por el pequeño tramo de arista no recorrido, sino por el madrugón, el peso, el viento y el largo y penoso descenso.
Así me dí cuenta de que mi pasión se había extinguido.
Procedente
Cinco minutos no es demasiado tiempo, pensó.
Todas las mañanas, tras sonar el despertador, se le pegaban las sábanas durante cinco minutos. Ese mismo lapso pasaba esperando al bus que le llevaba al trabajo. Además, estaba el fatídico semáforo de la glorieta del Emperador Carlos V, con su verde señor burlón, que siempre parpadeaba cuanto él se aproximaba caminando.
Y daba igual que madrugara más, Dios no le prestaba la menor atención...
-Cinco minutos diarios son poco, sí… pero, durante todo un año, son unas diecisiete horas, o sea, dos días de trabajo. Comprenderá que estamos en crisis y usted nos lo ha puesto fácil-, le espetó su jefe, el único día que había sido puntual.
Estrellado
Su madre le había dicho que ella se merecía lo mejor, la luna entera, y todo lo demás sería poco.
A él se le ocurrió llevarle una pequeña luna que había robado, con mucho pesar, del belén de la parroquia.
Al verla, ella le sonrió con ternura. Le obsequió con un piadoso beso en la mejilla.
Mientras recibía los sopapos del sacristán, él sólo sentía el suave roce de sus labios, y sus ojos, humedecidos, relucieron durante días como infinitos astros del firmamento.
Incredulidad susanil
Juró y perjuró con voz afectada que había visto una enorme bola de fuego arrasando el pastizal.
-No puede ser un coche, Susana, aunque no te lo creas. No..., Susana, no… te repito que no me he fumado los tiestos de la terraza…
-Que sí, Susana, que sí, joder, que no es un pájaro ni es Supermán. Es un avión.







