Marichús
No era excesivamente femenina, como podría inferirse de su nombre. Decían que venía de Galicia y, en efecto, era espléndida, redonda y simple como una vaca; y alegre y plácida como el pasto fresco.
Nunca me había interesado realmente. No recuerdo que jugáramos juntos a menudo, pero aquel día bajamos al parque. El cielo amenazaba tormenta. No nos dimos cuenta, enfrascados como supongo estaríamos en cualquier mundo imaginario. Cuando se desencadenó la tromba de agua, sólo encontramos una mesa con damero para guarecernos. Jamás vi a nadie jugar allí al ajedrez o a las damas.
El Universo no fue ya el mismo debajo de aquella mesa, rodeados de una cortina de agua, en compañía de su pelo mojado, de sus mejillas sonrosadas, de su entrecortada respiración. Nos miramos fijamente, sin romper el silencio, asombrados ante un misterio revelado demasiado temprano como para ser siquiera barruntado. Sólo deseé que no dejara de llover.
Se mudó meses, tal vez años después. No recuerdo haberlo lamentado.
Sin embargo, nunca dejaría de llover.
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