Las lágrimas de San Lorenzo

Tras el crepúsculo, encadenado, su dolor asistía a un tremendo espectáculo de fugaces meteoros. Valeriano había dictado sentencia ejemplar: la parrilla. El crepitar de las ascuas provocaba que las primeras cenizas incandescentes que buscaban refugio en el cielo estrellado empezaran a incrustarse en la piel, haciendo emanar un olor similar al de la corteza de los jabalíes asados de su Osca natal. El destino le había ofrecido el inmerecido y dudoso privilegio de sufrir una tortura aún mayor a la de su Maestro.

Imploró primero por medio de silentes oraciones, luego ardientes súplicas se escapaban confusas, atropelladas. Al final, profirió alaridos casi blasfemos a los arañazos de luz que brotaban de las inmediaciones de Perseo y que rasgaban sin piedad la bóveda celeste.

Cuenta la leyenda que la secta por la que se convirtió en mártir tomaría luego las riendas del poder romano para mejorar, con el paso de los siglos, sus métodos de tortura hasta convertirlos en arte.

Dicen que todos los 10 de agosto, en lo que fueron las catacumbas de Ciriaca, aún se pueden oir sus lamentos. Dicen también que, en todo el hemisferio norte, en las noches de verano, aún se pueden observar sus lágrimas. Algunos les piden deseos, pues Dios se comprometió a cumplir tantos como negó aquella noche lejana.

 

14/08/2007 09:07 Retólicas del vallico ;?>

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