A zurdas
Ya de infante era un patoso redomado, un botarate con dos pies izquierdos que jugaba al balón porque no sabía jugar al fútbol.
Siendo púber, esa falta de destreza quedó patente en las lides amorosas, escarceos cuya calificación nunca pudo ser superior a un generoso "lamentable".
La llegada de la madurez sólo sirvió para confirmar mi sino de zocato: un cero a la izquierda en el trabajo y un contrato sin apenas derechos.
Ya sé que esto les parecerá azurdo, pero tengo la zurditud, incluso la zurtidumbre de que, con algo de mano izquierda y un poco de buena suerte, podría llegar a sentarme a la izquierda de Dios Padre.
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