Pesadilla alpina
Los ronquidos de los cincuentones, coleccionistas de cuatromiles, no dejaban disfrutar del merecido descanso. El oxígeno escaseaba, no por la altitud, sino por la estabulación de varias decenas de machos sudados en un minúsculo dormitorio de literas con ventanas selladas. Las viejas mantas sobraban, incluso la propia piel. Intenté entretenerme contando ovejas, pero su lana transmitía aún más calor… Luego, contando mis pulsaciones en reposo: ¡¡¡noventa por minuto!!! No podía esperar más la hora del crepúsculo y su copioso desayuno...
Los ojos de la madera del techo me vigilaban, me daban miedo, me decían que esa noche en vela sería la anterior a la de mi velatorio, que la afilada arista suroeste del Lagginhorn me cortaría el cuello. No podía dejar de ver mi sangre caliente derritiendo un imaginario y temible cuchillo de hielo.
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