Sade

Josefa había decorado con lencería fina sus sonrosadas nalgas, ávidas de castigo. Através de la mordaza se oían unos gemidos impacientes, seguramente por la forzada postura a la que le obligaban sus ligaduras. Dejé la fusta sobre la mesa. Pensé que tal vez no habría mejor forma de complacerla que saliendo toda la noche con los colegas de la Cofradía.

A la mañana siguiente por fin conocería el verdadero sufrimiento.

 

29/05/2007 09:32 Retólicas del vallico ;?>

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