Prórroga
Ese monótono traqueteo era insufriblemente lento. Las horan pasaban tan despacio como los carteles de las estaciones andaluzas. La chapa recalentada por el sol hacía extinguirse los lamentos de los heridos y sublimar el hedor en el vagón-cementerio, como lo llamaban con algo de pena y mucho de resignación los médicos y enfermeras del Ejército Nacional.
Víctor Rujas, conocido como "el Negro", jornalero y labrador de una pequeña huerta, ya no pudo resistir más a la sed y al incesante dolor de la metralla: le rezó a la muerte por un fuerte y rápido abrazo. La negra Parca, demasiado ocupada como para obedecer a ruegos de desgraciados, le regaló una prórroga. En 71 años le volvería a visitar para cumplir su petición. Por el momento sólo se llevaría un brazo engangrenado.
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