Torre Zubbrigen
Tras 18 horas colgado en aquella pared ignota, sólo faltaba ya un último largo para coronar y rematar esa obra de arte desmesurada, esa ofrenda demencial al masoquismo.
Apenas veinte metros de desnivel en una canal de hielo casi vertical y una frágil arista de nieve abierta a los abismos patagónicos. El frío y las agujetas de los brazos eran indescriptibles. El sufrimiento de los gemelos atenazados, inconcebible. Sus dedos tenían desde hace horas la misma vida que los guantes que trataban, en vano, de protegerlos de la ventisca. Al menos ya no cargaba con el peso inútil de los tornillos de hielo y empotradores.
Las puntas romas de los crampones sólo se clavaban unos milímetros, quién sabe si por costumbre o intuición… Lo que al comienzo de la escalada eran precisos movimientos de cirujano se fueron convirtiendo paulatinamente en desesperadas embestidas que iban dañando más y más las hojas de sus piolets… La técnica iba dando paso a la violencia y la materialización de una imprecisión o un desequilibrio era cuestión de tiempo. Afortunadamente, ni el sonido del viento le dejaba pensar ni el frío pararse a temer.
Sólo pedía fuerzas para llegar arriba y poder, al fin, descansar en la cumbre que llevaría su nombre a partir de aquel día.
Desde que estalló la tormenta y la avalancha se llevó a Heller, con él escalaba la certeza de ser sólo un cadáver en el tiempo de descuento.
Sin acordarse a nadie. Sin encordarse de nada.
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Autor: Macdito
Fecha: 06/03/2007 10:37.
Autor: Djanker
Fecha: 06/03/2007 12:51.







