Oficio
Se sentaba en el último banco de la capilla, el más deteriorado por las inscripciones de los jóvenes revoltosos. Sólo pisaba el templo para asistir a funerales, siempre de riguroso luto. Nadie lo conocía, pero él no faltaba a ninguno.
Los lugareños decían que iba a todos para que, cuando llegara su hora, estuviera acompañado. No se imaginaban que él asistiría impasible a los de todos ellos.
La hija del taxidermista
Ensimismada, la chiquilla disfrutaba contemplando su brillante sonrisa invertida en los ojos glaucos, azabache, sin vida, de mochuelos, cornejas y autillos.
Él era un maestro en el arte de la fotografía tridimensional o de la bioescultura, como le gustaba llamar; de la limpieza, desuello, curtido, relleno, cosido y demás etapas del embalsamamiento. Para la maruja del tercero, un enfermo de rostro pálido y andares trémulos. Eso sí, el viudo tenía la disculpa de habérselas apañado para criar a una chica tan lozana y alegre.
Tan alegre porque sabía - su padre nunca miente - que un día volvería a ver a mamá.
Suero
En esa aséptica habitación de urgencias sólo el gotero se dignaba a derramar lágrimas por él.
Il buco del piacere
En plena euforia de la bacanal romana, decidió tomarse un descanso tras el denso cortinaje, en una pequeña sala apartada. Degustaba su gin-tonic en un cómodísimo sofa cuando, desde allí descubrió que la pared de enfrente tenía un agujero como a un metro del suelo. Al lado, un cartel con una flecha indicando hacia el orificio en el que se leía: “Il buco del piacere: Disfrute de todo el placer del otro lado”.
Curioso, se acercó savoreando su combinado. Cuando se agachó a mirar, sólo vió gente riéndose tras la pared. Mientras, unas manos recias le cogieron de la cintura. Inmediatamente comprendió que el que se encontraba al otro lado era él, que el agujero del placer no era sino el suyo.
Palomina
Noé no podía aguantar sus insoportables arrullos, así que se les ordenó desembarcar. Pero ellas, secretamente, sobrevolaron el arca durante cuarenta días, bajando a descansar al palo mayor durante cada una de sus cuarenta noches.
Cuando las aguas volvieron a su cauce, la pareja se conjuró para hacer la afrenta inolvidable a los descendientes de aquel malnacido, nieto de Matusalén, hijo de Lamec y, seguramente, también de una perra.
Las siguientes generaciones de palominos serían las encargadas de torpedear a excrementazos al, tan inhumano, género humano.
Clausura
Cerró la boca, esa por la que sólo podrían salir insensateces. Se tragó sus palabras, para que el viento no hiciera visibles sus sentimientos. Se mordió los labios para no mordérselos a ella. Y cerró los ojos, para que su mirada se dejara de acostumbrar a tanta belleza, para que su ausencia no le doliera tanto. Y dejó de pensar, si se puede llamar pensar (verbo demasiado racional) a pensar en ella.
Y decidió no salir de casa por miedo a encontrársela. Y se tapó los oidos con música, para no escuchar su voz, tan dulce, llamándole a todas horas. Y llenó su casa de objetos absurdos, para que su imagen no pudiera rellenar cada rincón vacío. Y quemó sus fotos para intentar quemar su recuerdo. Y rompió los espejos, que le devolvian el dolor de esos ojos que una vez la vieron tan cerca. Y cerró puertas y ventanas. Y se amordazó y se ató, como pudo, al sofá de la salita para vencer la tentacion de salir a la calle a gritar su nombre.
Y perdió el aliento, porque es posible vivir sin amor, pero no sin oxígeno.
El triste tigre
Fué capturado cuando su fiereza, su enormidad y su impoluto pelaje dorado le hacían sentir invencible. Al principio luchó violentamente, atacando los barrotes con garras y colmillos. Cuando comprendió que jamás saldría de allí, se apoderó de él una desesperanza que le hacía dar repetitivos paseos en forma de ocho, o de infinito, con la mirada perdida durante horas, hasta caer rendido. Así durante años hasta que, poco a poco llegó a acostumbrarse, e incluso apreciar, la comida diaria de su encierro, ese aséptico entorno, libre de peligros e incertidumbres.
Una tarde, por azar, el cuidador olvidó cerrar durante unos instantes, tiempo suficiente para deslizarse fuera, la trampilla.
Pero la marca de su jaula le acompañaría para siempre. Incluso hoy, la mayoría sólo le identifica por esas malditas rayas negras.
Sueño del final de una noche de verano
Como Homero podría haber escrito, la aurora de rosáceos dedos empezaba a vencer su batalla a los negros corceles de la noche, cuando me acordé de lo bien que podría estar yo recostado en una hamaca disfrutando del vinoso ponto. Desde la majada se veía ya la colladina en la que culminaba el sedo. Allí sólo faltaría descender hacia la base de la canal, salvando el paso más complicado por las laderas herbosas de la derecha.
Trepé, como buenamente pude, la chimenea de salida, con algo de humedad y mucho patio. En el paso de la llambria, algunas piedras sueltas se precipitaron hacia la garganta, mil y pico metros abajo, tan abajo que ya no me dió vértigo mirar atrás.
En el cresterío asomaron los primeros rayos de sol. Rayos de luz limpia y fría que me helaron hasta los bronquios. Aún no sé si lo que soñé sólo fué el final de una noche de verano.
Deus Irae
En los días de nublao, cuando las tardes de verano empezaban a barruntar tormenta, madre apretaba el paso al volver del lavadero. Después de cerrar con fuerza la puerta y la cancela del portal, entraba en la alcoba a por las dos mantas que hacen falta pa cubrir to los espejos de casa. Luego ya pondría algún trapo pa que no entrara agua del corral...
De to la vida se sabía que atraían los rayos, mi abuela le tenía dicho que guardara cuidao. De toas formas, esos inventos del demonio, servir, sirven; pero ni han sido nunca, ni son, de fiar. El relojillo de la cómoda parecía marcar una interminable cuenta atrás. Entonces aprovechaba pa rezar, sin devoción pero con convicción, como hacía casi todo. La lluvia ya se presentía en el empedrao de la calle. Las ráfagas de viento cesaron, el aire se paró a escuchar el inminente chaparrón.
Y padre allá fuera, con las ovejas, a legua y media del aprisco, en campo abierto, sin árbol donde guarecerse.
Madre nunca se pudo perdonar no haber rezado otro Ave María, no haber cubierto la esquina inferior izquierda del espejo de la salita, no haberse atrevido a decirle que, como le había comentao Don Cosme a la salida de misa, el domingo es día de descansar.
Hipotético epitafio
¡Descansad en paz vosotros!
Yo no me pienso quedar aquí.
Esto es sólo una piedra pulida o, con suerte,
una pequeña placa de metal grabada en roca salvaje.
Yo estoy fuera.
Pero no me busques arriba con la mirada.
Sube tú, y mira hacia abajo.
Alrededor.
O mejor aún, asómate al espejo.
¿Pa qué vienes aquí? ¿no ves que ya estoy muerto?
Pero ya que estás, será un honor que bailes sobre mi tumba.
Como hicimos anteayer, o como debimos haberlo hecho.
Ya lo sé... Yo también a ti...







