Marcapáginas
"Hai Excomunión..."
La peor de las miradas que podían expresar aquellos miopes ojos, ocurría tras la revisión de esos libros prestados.
Un trozo de papel higiénico, en la sala de reconocimiento, hacía de sucio señalador.
Xhtml
Ninguneada en ofertas laborales de perfil engominado, pasó de clienta esporádica a gestora de contenidos destinados a esa creciente legión de barras invertidas.
Caduco
Con el cambio de estación, notó gélidas las caricias de la almohada en su cabeza. Y la lluvia se convirtió en incisiva y las miradas se tornaron secretas.
9,8 metros por segundo al cuadrado, metaforizaba, en paseos por parques solados de hojas caídas, hojas secas, hojas muertas.
El hombre del saco
En la capilla de la inclusa comenzaron a apilarse decenas de antiguas fotografías, a modo de exvotos. Retratos de familias como Dios manda: señores de fino bigote, perlados cuellos de señora y herederos amarinados.
Esperó sentado al anticuario. Esa colección de píxides y relicarios quizá le reportara lo suficiente para visar, de urgencia, a un país lejano.
Arrenuncio
En aquellas escuelas, ofrecer por cada pupitre dos Sugus y una brea para celebrar una onomástica bien valía una tregua.
Una paz comprada, un recreo tranquilo, que no se repetiría hasta su próximo cumpleaños.
Week End
Por tierras de Albarracín primero debéis pasar,
después seguid a Molina que está puesta más allá.
Cantar de Mío Cid
Allí donde la carretera no pasa, sino llega, el romanticismo de una oportuna oferta de fin de semana proveía abundantes concepciones, siempre deseadas.
Entre semana, una vieja solitaria se afana, mientras escucha burlescos graznidos, a limpiar con la escoba los restos de tantas efímeras estancias.
Agostizo
A sabiendas de ser un raquítico ser, se encaraba trémulo al poderoso sol y maldecía su pésima genética.
El desdichado animalito desconocía que, estando todavía en vacaciones escolares, las picias eran la manera preferida de matar el tiempo.
Prazoleta
Aquel impetuoso Copa Turbo estaba tan maqueado que todo el mundo no reparó en lo que faltaba.
Una sencillita letra ele hubiera explicado mejor la maniobra.
El Coche de la sangre
Rojo brillante, casi líquido, sus monstruosas sirenas y bocinazos anunciaban la tragedia desde lontananza, cuando sus faros potentes se acercaban a ritmo de locomotora. Enorme, avanzaba ocupando los dos carriles. Más valía no interponerse en su camino, por lo que pudiera pasar. Si tenía conductor o no apenas importaba, pues se hablaba de él como si tuviera vida propia, malvada, ajena a la voluntad de cualquier ocupante.
Sus motivos, desconocidos, no importaban tanto como sus dramáticas consecuencias, nunca relatadas, magnificadas por la imaginación infantil.
También se llamaba James
Veía asombrado el sutil balanceo de cuantas cabezas llegaban a su campo de visión.
Alarmado, fue a refrescarse al mingitorio, el de la coctelería en la que trabajaba desde hace veinte años.
El espejo le confirmó que sus futuros cócteles estarían, irremediablemente, agitados, que no mezclados.











